ÉTICA Y ESTÉTICA EN CARRUSEL
Habey Hechavarría Prado
Es ampliamente
conocido que la ética y la estética se presentan en la acción humana dentro de
una dinámica inextricable. Ambos registros del comportamiento son inseparables
porque se encadenan, se funden e influyen el uno al otro sin parar. Entonces, a
toda ética corresponderá cierta estética y viceversa; y cada movimiento
estético, por mínimo que parezca, entrañará un movimiento ético y viceversa. Esta
idea sintetiza los recovecos intelectuales y pasionales que experimenté a lo
largo del espectáculo Carrusel, el estreno mundial de Teatro Avante que
dio inicio al 40mo. Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami, hace dos
semanas en el Westchester Cultural Arts Center.
La obra, un texto de
madurez del dramaturgo cubano Abel González Melo, giró alrededor de un suceso
lamentable y recurrente en la actualidad sobre el cual se nos fueron revelando
datos, aristas, secciones, matices: el ataque brutal de una adolescente con una
silla a sus compañeros en una escuela. Para lograr este efecto de la
dramaturgia del dato escondido, algo nórdica y detectivesca, el autor desarrolló
una acción dramática con saltos temporales en forma de una investigación multilateral,
a través de la cual emergieron secretos personales, familiares, sociales de
cada personaje. Porque la jovencita, la directora de la escuela, la psicóloga
y, especialmente, el abuelo, son personajes sin nombre propio, pero con mucha
entraña que aporta poco a poco las piezas de un tapiz rompecorazones, hecho más
con palabras que con imágenes, que muestra una ruptura profunda, ordinaria, de
la vida en Occidente. Cada personaje, o mejor, cada escena o situación, añade
nuevos aspectos al tema álgido e incómodo de un relato que, al empezar in
media res, tuvo como primer efecto estético no entender nada.
Tras el suceso
principal, consumado antes del inicio, poco a poco, en la medida que se
deshacen las apariencias de institucionalidad (escuela, clínica, familia,
estado), la identidad narrativa múltiple de los personajes dio paso a sus
realidades personales, un tiovivo de dramaticidad y patetismo, marcado por muertes
y tragedia. En el transcurso, se develó que la directora (Alina Interián) velaba
más por sus intereses institucionales y económicos que por el alumnado, que la
psicóloga (Mónica Quintero) tenía intereses muy personales, y no solo como
doctora, que el abuelo preocupado y amoroso (Julio Rodríguez) escondía un
tenebroso pasado político, que la muchacha (Isabella Chirinos) era víctima
sacrificial de numerosos engendros. Bajo un fluido de emociones y reflexiones
ocurrieron los descubrimientos, y en ese proceso fueron decisivas las
actuaciones de los cuatro intérpretes. Lo apropiado de la selección del elenco
y el compromiso de cada actor con su personaje me hizo pensar si los caracteres
no fueron, al menos alguno, concebidos a medida del intérprete. Como estaban
muy cerca del público y por exigencia del texto realista-psicológico, era
imprescindible guardar la mayor sinceridad escénica dentro de la estilización.
Aspectos técnicos como la voz plasman esa oposición entre la naturalidad y la
artisticidad porque los actores deben ser claramente escuchados y verídicamente
creíbles. En buena medida, los tres actores experimentados alcanzaron varias
veces dicha alquimia cuasi imposible, mientras era evidente que a la joven
actriz Chirinos le costaba más ese equilibrio. Sin embargo, producto de esa misma
tensión antropológica, su interpretación fue la más sincera, la más convincente,
la más hermosa, emocionante y reveladora.
Pocos temas de hoy en
día, donde la violencia aparece en su gesto más contradictorio e incisivo,
tienen mayor sustancia para discurrir sobre las dinámicas profundas del
comportamiento humano y su apariencia social. Por ello era decisivo que la
puesta en escena regulara cuidadosamente los diálogos y relaciones entre los
personajes, concertando otro diálogo más sutil entre el espacio de
representación y el espacio de percepción. De hecho, salí del teatro con la
impresión de que el trabajo de la directora Jackie Briceño, una creadora
escénica cuyas visiones y concreciones están haciendo escuela en Miami, había
sido, lejos de construir un artificio espectacular, organizar la cita de
actores y espectadores a partir de una pieza logocéntrica. Me refiero a que en la
escenificación de Carrusel predominan la palabra y el teatro arena, e impactan
en la comprensión de un montaje con la impronta de un acercamiento y
conversación entre desconocidos que llegarán a intimar; y, por otra parte,
conserva un empaque provocador, persuasivo, que llega a seducir al público de
forma casi interactiva. Pues, en buena medida, la teatralidad del espectáculo
consistió en estructurar el espacio de representación, sugerir espacios
dramáticos y lograr la integración física de los asistentes, actores y
espectadores, a la circularidad de esta feria macabra. En otras palabras, el público
quedó incorporado al ámbito de lo representado, a los ambientes de oscuridad y sospecha,
a la atmósfera de violencia que las escenas evocaron sin mostrar.
Tal juego escénico, cuyos
desplazamientos recuerdan los movimientos o vaivenes monstruosos de “los
caballitos”, están condicionados por el diseño del escenario circular con
rampas, escaleras y estacas como tubos vacíos, al cual, con cierto riesgo, los
actores acceden, caminan, bajan y suben, entran y salen por pasillos laterales,
donde había una silla. De ese modo, dicha escenografía y el cuidado vestuario
de ropas cotidianas y colores tenues (excepto el sweater rojo del
personaje principal), trabajos de Jorge Noa y Pedro Balmaseda,
articulan la imagen coherente de una tarima circular con el centro vacío, ocupado
por un pupitre, refugio o arma, lo que constituyó, mucho más que un entorno para la acción,
fue la base de la dramaturgia. Al ser una propuesta de teatro arena, la
posición de los actores y la de los espectadores era, al mismo tiempo, un
planteamiento de la ubicación espacial, un acto narrativo y simbólico, una
concertación para la comunicación teatral, una estructura proto-dramática. En
la medida de que el público observa, disfruta y juzga a los actores/personajes
y se observa a sí mismo en derredor, el evento estético sin cuarta pared deviene
evento ético, propio de espectadores-testigos. La concepción de que el teatro, antes
de que el actor y espectador se encuentren, implica una demarcación del espacio
de juego, del espacio ritual o artístico, es aquí muy evidente.
La resolución del
drama suscita tragedia. Quienes asistimos a esta indagación en los problemas de salud mental, la desgracia del ciberacoso, la
violencia escolar, consideramos que todos los personajes, presentes o aludidos,
de un modo u otro, son culpables. Luego, tras caer las simulaciones, llegaron los
reconocimientos de culpa e identidad que mueven el relato hacia la fatalidad, al
final inevitable que el dramaturgo teje con habilidad artesanal, y connota con
resonancias poéticas. Rasgado el velo de la mentira, no quedan necesariamente
verdades, quedan preguntas, ansiedad, un dolor mayor que las muertes de
nuestros jóvenes, aunque sean en extremo dolorosas. Peor aún, queda el reflejo
ético de una responsabilidad colectiva ante el crimen repugnante de la
cosificación, instrumentalización, abuso y abandono de los más indefensos (niños,
enfermos, viejos), porque esa maldad, a veces, tiene la espantosa cobertura de
la banalización. Cuando termina la obra, y solo queda este posicionamiento
ético, se vislumbra cuál es la estatura real de una civilización.
El planteamiento
estético de Carrusel se desborda a sí mismo. Pues siempre es importante
abrir un festival de teatro con una obra digna de estos eventos. A ratos los
teatristas hispanos le hemos llamado a este tipo de propuesta “una obra de
festival”. Lo contrario, una propuesta floja o simple, es lamentable. En este
caso, la sugerencia de una disección teatral sobre la falencia moral de
Occidente, sin dudas, fue un acierto.



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