FÁBULA DE UN “ZOMBI MANIFIESTO” E IDEOLÓGICO
Habey Hechavarría Prado
I.
Un
polémico manifiesto
Tengo por virtud el
ejercicio de la polémica. Y Zombi manifiesto, espectáculo uruguayo que
destacó en la segunda semana del 40mo. Festival Internacional de Teatro Hispano
de Miami, es muy polémico, particularmente para quienes en el sur de la Florida
no veneramos el texto principal de referencia en su fábula: el Manifiesto
comunista. Pero lo anterior no menoscaba las cualidades artísticas de la
representación, ni su capacidad de colocar a los espectadores en una posición
analítica, incluso proactiva, ya sea abrazando o rechazando el enfoque marxista
de un discurso escénico eminentemente polisémico.
Ya desde el título, el
término manifiesto alude a la cualidad de una manifestación o marcha de
protesta, al carácter público o sociopolítico del relato, y al sentido textual
de la obra en cuanto proclama o documentación de un ideario. De estas tres
acepciones que conviven en la obra, intentaré desarrollar la segunda, lo cual me
orienta hacia fundamentalmente al concepto de puesta en escena y menos al texto
dramático, aunque ambos tienen la autoría del director y actor Santiago
Sanguinetti.
El carácter público
del discurso teatral en Zombi manifiesto enarbola, en primer lugar, una
preocupación por la polis, la propia ciudad-estado, en principio, el
Uruguay metaforizado en la imagen de un pueblo que podría ser muchos pueblos
suramericanos. En segundo lugar, la obra incorpora una forma de teatro político
y burlón que, pese a ser tan antigua como Aristófanes, para los contemporáneos
se remonta a Bertolt Brecht y a sus recursos épicos de distanciación.
Por ello, esta puesta
en escena no es polémica solo de una manera temática y retórica, sino, desde el
punto de vista compositivo, en su estructura narrativa, en su voluntad
expresiva de esencia posdramática. Y esa esencia opera, al menos, en
tres registros genéricos: la farsa, la sátira y la parodia. La intersección de
estos planos produjo una obra sustanciosa en sus contenidos, divertida en su
continente, inquietante en su recepción, desafiante al acceder a la sala del
Westchester Cultural Arts Center, situado en medio de una población mayoritaria
de exiliados cubanos y sus descendientes.
II.
La farsa
trágica de un zombi ideologizado
La representación
ofrece un juego teatral antirrealista. Y esto es muy importante. La obra evita
ubicarse en “la realidad del mundo”, quizá para desatar las posibilidades de
los lenguajes escénicos y los mensajes políticos, sin perder la conexión con “el
mundo de la realidad”. La narración es proto-cinematográfica, cambian
constantemente los espacios usando unos pocos elementos, la visualidad escénica
es la de un teatrino ambientado por un diseño de iluminación igual de cambiante
y las acciones de unos personajes medio enloquecidos suceden con una lógica fantasiosa,
disparatada, humorística. El género que permite llevar la coherencia entre tales
manejos es la farsa.
Por tradición, la
farsa presenta una fábula imaginativa de pícaros, astucias y fantasías. Aquí el
argumento cuenta la insistencia de dos jóvenes en visitar el cementerio del
pueblo para repetir la extraña maniobra de reavivar cadáveres. Él tenía el objetivo
de regalar a su abuela comunista un zombi militar, vinculado a la última
dictadura. La chica sirve de compañía a regañadientes. La disparatada ceremonia
no se hacía al modo vodú, sino recitando a voz en cuello párrafos del famoso manifiesto
de Karl Marx. Con ese método de despertar y atormentar muertos lograron sacar
uno de los difuntos de su tumba, sin saber que este volvía con su propio
objetivo. El zombi quería vengarse del oficial que lo había asesinado. Ese
oficial, ya anciano, era el abuelo de la funcionaria que dirigía el cementerio,
siendo ella, una burócrata nostálgica de la dictadura, y él, un epítome del
ultranacionalismo castrense, anticomunista y machirulo.
El desarrollo posterior
de la fábula pasa por escenas deliciosas: el hilarante secuestro del zombi en
un auto, el monólogo del abuelo militar ante la muerte mientras estaba echado
junto a un inodoro, las muertes sorpresivas, la escapatoria final y el
aprendizaje obligatorio, torturante, de la doctrina comunista al que se le obliga
al zombi milico, uno de esos momentos analógicos y magníficos del espectáculo.
En ese punto, la realidad del pueblo queda como al inicio, dolor y muertes
incluidos, excepto por la esperanza que se abre con la fuga de los jóvenes, los
cuales, tras ganar en conciencia política, deciden irse alentados por el amor y
la ilusión de transformar el mundo haciendo la revolución.
Queda claro que el ensamblaje burlesco de esta farsa gótica y trágica, los personajes movidos por fuertes deseos, los conflictos de astucias entre pícaros, las situaciones caricaturescas, procaces, incluso mórbidas, y las soluciones imaginativas, se engarzan con ciertos recursos de la comedia (el diálogo de los amantes, sus anhelos quiméricos, el final ilusionante) dentro de un relato tenebroso, gore, remedo sarcástico de película de terror fantástico o variante reflexiva de un espectáculo de “Halloween”. Lo humano y lo monstruoso, inidentificables desde la mitad de la obra, condicionaron, desde la ironía, el despliegue de temas políticos e impulsaron una espectacularidad naif y sofisticada.
III.
Una sátira
biopolítica
Lo que tiene de
satírico Zombi manifiesto afecta todo el orden de su discurso teatral. Apenas
hay un rescoldo de la obra donde no puedan reconocerse aspectos de este antiguo
género de las artes grecolatinas o sus consecuencias discursivas en la
Modernidad. No obstante, la sátira se presenta de un modo más evidente en los caracteres
(jóvenes desubicados e inconformes, militares autoritarios, burócratas
obsesivos) y en las situaciones que, bajo la impresión de disparate, encaminan
los acontecimientos desde la ilogicidad aparente hasta la demarcación de una
lógica propia. En síntesis, el discurso satírico administra un volumen considerable
de ilustración caricaturesca, crítica social y sugerencias políticas sobre el
pasado reciente.
Los cinco personajes
de la obra (bien interpretados por Paula Lieberman, Rogelio Gracia, Carmen
Laguzzi y Santiago Sanguinetti) son figuras pintorescas, satirizadas a
propósito de la discusión sociopolítica sobre el pasado, la actualidad y el
futuro. Representan mundos contradictorios dentro del mismo pueblo, tan
contradictorios que les separa un magma de contradicciones ideológicas,
sociológicas y estéticas. Pero los satirizados hasta el escarnio son los caracteres
“negativos”, representantes de un régimen militar de la pasada dictadura, el
abuelo y su nieta, que fueron representados por las actrices. Sus construcciones
de personaje mostraron a viejos obstructores a la manera de títeres esperpénticos.
A la inversa, el actor y la actriz que interpretaron a los jóvenes, en su
condición heroica de protagonistas del presente y presuntamente del futuro, construyeron
figuras simpáticas de estos caracteres tradicionales de la comedia, agregándoles
la confusión, la fragilidad y la inestabilidad de la juventud posmoderna.
Por otra parte, la cadena
de situaciones fantásticas y soluciones fantasiosas en el drama y su representación
remiten a la realidad precaria de comunidades atomizadas, que, dentro de una
misma población, pertenecen a parcelas desconectadas, tal vez a universos diferentes
dentro de uno mismo cosmos. Con casi nada en común, más allá del territorio, el
realismo mágico de este pueblo se convierte en magia negra, alimentada por la
inquietud, los deseos y la insatisfacción, subtemas ocupan el centro de la
problemática humana en la fábula. Lo satírico es biopolítico en cuanto la
lectura fúnebre del marxismo atraviesa la historia de cuerpos desmembrados y
almas insatisfechas.
IV.
La parodia
como texto cultural general
El principal recurso ideológico,
no político, de Zombi manifiesto se descubre en la parodia, ese género
de la música, la literatura y el teatro que se remonta a la Antigua Grecia. Igualmente,
la puesta en escena convierte el curso en moderador de referencias textuales,
históricas y teatrales. Por ello, a pesar de que su valoración completa se
resiste al análisis escénico, porque depende, en primera instancia, de un
análisis literario y dramático imposible para este acercamiento, sí es posible considerar
el espectáculo tomando en cuenta pasajes y elementos significativos.
En tanto todo el
discurso es paródico, un análisis general necesita superar la simple revisión del
intertexto o conjunto de textos referenciales, poniendo la atención
sobre los procedimientos paródicos y ciertos ejemplos específicos. Además, debe
considerarse que la parodia, cuya etimología (contracanto) indica una comparación,
se desenvuelve en un proceso de tres pasos: la imitación del referente, la
deformación caricaturesca para diferenciarse y la profundización de la
diferencia mediante el escarnio. Entonces, el disfrute de la parodia puede ser
común; su exégesis dependerá de cada espectador.
La puesta en escena ejecuta
el proceso paródico conectando el intertexto marxista, tópicos de la
historia hispanoamericana del siglo XX, obras del llamado boom literario latinoamericano,
piezas teatrales significativas, referentes audiovisuales e hitos reconocibles
de la sociedad uruguaya. Verbigracia, la parodia del realismo mágico en un
pueblito insignificante, símbolo de un país o una cultura, donde suceden
acontecimientos extraordinarios; y las referencias significativas al cine
estadounidense de terror y monstruos. De esa mezcla divertida dan cuenta cuatro
pasajes emblemáticos que ilustran el procedimiento. La resucitación del muerto
en el cementerio mediante una lectura vociferada y enloquecedora de proclamas
comunistas, la presentación esperpéntica del militar fascistoide ya retirado, la
aplicación de picana sobre el cuerpo redivivo para someterlo durante su
secuestro, y su adoctrinamiento marxista mediante una sesión de tortura psicológica
e intelectual mientras estaba encadenado, ilustran la eficacia de la ironía en
secuencias de humor negro, a la vez que generan una doble significación de sorna
y aprobación, que se convierte en una declaración de principios. La parodia de
las ideologías se halla en el centro de la pieza, pero, como sugerí antes, el discurso
se hace más paródico con unos que con otros.
Sin embargo, la ironía
constante, que afirma y niega, construye las ambigüedades, propicia una
variedad de significados, segrega alabanzas y burlas implícitas. También
propicia, aún sin agitación partidista, el diálogo ideológico. De un lado, está
el ideario revolucionario-progresista con vectores de la teoría comunista (lucha
de clases, rebelión de los oprimidos, construcción de una sociedad supra
estatista perfecta) sin tomar una distancia de los principios de su praxis (abolición
de derechos y libertades, adoctrinamiento forzoso, represión de la alternancia,
la violencia como recurso legítimo de transformación social), declarado en la
determinación de los protagonistas de abrazar la extrema izquierda. Del otro
lado, emerge la paráfrasis en tono cavernícola, elemental, de la extrema
derecha en frecuentes alusiones al fascismo, su amplio catálogo de procedimientos
violentos: represiones, desprecio por la persona humana, irrespeto a los muertos
y sus familiares, secuestros, lavados de cerebro, torturas mecánicas, golpizas,
crímenes. Después de apreciar los parecidos de las políticas de extrema
izquierda y de extrema derecha, se deja ver que el enfrentamiento y la atracción
entre social-comunistas y nacionalsocialistas encuentra en la obra un reflejo triste
pero real.
En definitiva, la
parodia, que administra el espectáculo como teatro político, termina con la
maduración política de los jóvenes convertidos en creaturas revolucionarias.
Tal fue el único beneficio de la aventura del muerto en el mundo de los vivos.
El otro fue la venganza (ideológica
y física), no la justicia, que mueve a los personajes y organiza la dramaturgia.
Debe andar cerca de los puntos anteriores el objetivo político de la obra.
V.
Allende la
ideología
A entender, Zombi
manifiesto presenta una iniciativa esencialmente política que no logra
escapar (¡cómo hacerlo!) de la dialéctica entre buenos y malos. Asimismo,
intenta un juego de legitimación e ilegitimación de los dos extremos
ideológicos que vergonzosamente arrastramos hace 100 años. De ahí que, al
margen de la complejidad de los vínculos entre el arte y la ideología, el
análisis atienda algo de mayor impacto, las conductas políticas.
Hechas las sumas y las
restas, revisados los vituperios y los enaltecimientos, la pieza enarbola de
forma paródica los objetivos incumplidos de un cambio social propugnado por el comunismo
internacional. La obra, que ocurre en la actualidad, reviste esa aspiración, ya
en broma, ya en serio, a través de los gestos “solidarios”, "empáticos”,
“empoderados”, “igualitarios” y, sobre todo, “resilientes” del progresismo. Es
imposible no advertir que esta nostalgia soviética, que condiciona el alcance artístico
de la obra, es típica de sociedades donde la extrema izquierda fue reprimida
por la extrema derecha a través de dictaduras, impidiéndoles imponer las dictaduras
socialistas que triunfaron en otros lugares.
En sentido político,
la obra transpira una ingenuidad tan adolescente como sus protagonistas, absortos
en los anhelos de su propio mundo deseado. Y, por compasión, quienes conocemos
el desastre humanitario y económico que tales anhelos políticos han provocado
por décadas, no quisiéramos que se les cumplan sus deseos. Sin embargo, ellos
insisten. Entonces, parece inevitable que estos rejuegos intelectuales, estas
resucitaciones de cadáveres políticos para practicar juicios anacrónicos y
cargarles el peso de errores contemporáneos, terminen en atascos, llámese socialismo
democrático o no. También es una pena que esos atascos dividan las comunidades en
innecesarios bandos enemigos, y despiertan entusiasmos en un sector político,
que se enfrasca en la ilusión comunista, y un rechazo manifiesto al otro lado
del espectro, tal vez aquel donde sobreviven, siendo de izquierda o de derecha,
las muchas víctimas del comunismo real.
Comentarios
Publicar un comentario