A FUEGO, POESÍA
Y TRASCENDENCIA
Por
HABEY HECHAVARRÍA PRADO
La enunciación
Posiblemente Emma Arquillué y Pablo Macho Otero
dejaron, con su unipersonal A fuego, una obra de referencia en Miami. Así,
la compañía catalana La Bella Otero, que forman la directora y el autor-actor-director,
nos desafió con la elaboración del espectáculo durante las tres funciones programadas
en el Koubek Theater por el 40mo. Festival Internacional de Teatro Hispano. Interacción
constante con el público, copiosa verborrea, teatralización del balbuceo y del
equívoco, un argumento fragmentado en etapas, líneas narrativas y niveles, una
actuación al estilo de un bululú del Siglo de Oro, fluctuando entre la representación
histriónica y la presentación del performer, desgranaron una cadena de
provocaciones comparable al movimiento de una montaña rusa en un parque de
atracciones. Por lo cual, la condición referencial de esta puesta en escena,
visualmente sencilla, no se debe solo a la gracia del actor, ni a la
autoficción, ni a la estructura metateatral, ni siquiera a la
recuperación del verso clásico español. Ninguno de esos elementos nos es ajeno.
Lo desconcertante, frecuente en los buenos monólogos, fue percibir cómo, desde
la simpleza del género, los enunciados ordinarios paulatinamente tejían la
complejidad de su enunciación. Es decir, fue placentero asistir a la transformación
del acto de soledad escénica en un acto poético-filosófico, en lirismo teatral.
El enunciado
La autoficción con la que empieza el enunciado se
desarrolla como hiper-ficción o ficción de ficciones, y hace de A fuego un
espectáculo entretenido, personal, de marcado carácter narrativo. La
multiplicación de los relatos y su interrelación fue el recurso para contar episodios
de las vidas del actor-narrador, del actor-personaje y de otros personajes, destacando
el pirómano Eróstrato, la figura primordial. Este pastor de la ciudad griega de
Éfeso del siglo IV aC quemó el templo de Artemisa buscando saltar de anonimato a
la fama eterna. Y ese gesto de pirómano antiguo que busca la eternidad, es donde
los creadores encuentran una actitud semejante a la del hombre actual, abocado
a satisfacer, en el mundo digital, los anhelos de celebridad, acaso momentánea,
que se frustran en el mundo real. El barroquismo narrativo de lo real y lo
virtual, los constantes paralelismos del enunciado dramático y escénico que se complejiza
debido a la permanente metateatralidad (teatralidad que discurre sobre
la teatralidad general y sobre la propia) metafórica; una expresión que hubiera
podido oscurecer el relato o marear al espectador, pero sucede lo contrario. El
uso del estilo conversacional mantiene la atención, abre el contacto directo
con el intérprete sin que su veracidad interpretativa sufra con las exigencias
del discurso en metro y rima. Para dicha conversación, la puesta desata una
variedad de estrategias que reúnen la oralidad escénica, el stand up comedy,
la declamación, el multilingüismo, la plática con el público, el canto y la actuación
convencional hasta confundir los roles del actor y el personaje, las líneas del
argumento, los comentarios frecuentes, los puntos de vista contradictorios, y numerosas
confesiones que forman el núcleo del enunciado.
El enunciador
El sujeto que anuncia (llamémoslo Pablo) es la única certeza en un montaje lleno de incertidumbre. Su enunciado y su enunciación son dudosos en tanto él mismo las arma y desarma, las cuestiona. De lo que podemos estar seguros, es que Pablo desea estar en el escenario, de que habla y procura transmitirnos su inquietud. Otra certeza es que Pablo, el sujeto escénico, tiene varias voces, y desde él accionan diferentes sujetos. Percibida la fragmentación, se pueden definir en el enunciador principal, tres enunciadores: el actor-personaje, el actor-narrador, y el actor-performer. Quizá estos tres sujetos se intercalen como matriuskas, pero no estoy totalmente seguro, ni tampoco de que Pablo sea todo el tiempo el actor-performer. En tanto, las historias de Eróstrato (cercano al actor-personaje) y del actor-narrador (Pablo ficticio, a quien Pablo-performer adjudica los eventos) terminaron integrándose, aunque el griego incendiario no tuviera redes sociales donde buscar notoriedad y el español intérprete no encontrara sentido en quemar templos o museos sino, tal vez, a sí mismo. En definitiva, el relato, los comentarios, las revelaciones fueron confesionales en la medida de que hablaban de lo mejor que conocían, de sí mismos como imagen única del hombre posmoderno. Pendiente ahora de un “like” o una mención en internet, como antes deseó ocupar media línea en la Historia oficial, este individuo fragmentado y frágil, angustiado e incapaz de un auténtico humanismo, apenas se reconoce en la especie sino en su ego inflamado o deprimido. Se entiende, pues, que esté dispuesto a los peores riesgos con la ilusión de tener una aprobación de segundos en el “scroll infinito” de la pantalla teléfono, donde Pablo cree que la magia del algoritmo traerá el anuncio de su plenitud como ente.
La anunciación
El lirismo es el anuncio principal de A fuego, un derrotero hacia la plenitud humana. Esto
quiere decir que la versificación hace una doble declaración de principios estéticos
y de reglas de un juego liberador. Después logra que el público disfrute el viaje del texto bajo
las condiciones de la métrica clásica y popular, que dedica versos rimados a
temas cotidianos, comentarios de ocasión y preocupaciones filosóficas
explícitas sin producir incomodidad sino sonrisas en oídos acostumbrados a
música urbana sin melodía y ruido ordinario. Además, con el ritmo y la eufonía,
el realismo actoral queda elevado al rango de la metáfora y la imagen poética, para
comparar y evocar realidades, acercar planos narrativos y reflexionar sobre la existencia
humana bajo un resplandor emergente de belleza que atraviesa el espectáculo. Por
ejemplo, la obra se pelea con la trascendencia, algo absurdo en un mundo donde
predominan la inmanencia, los placeres rápidos, la celebridad momentánea y un
materialismo que todo lo mide en números y billetes. Contra esto, la sinceridad
levanta la virtud de la autenticidad, unifica los desplazamientos poéticos que,
al principio, son movimientos de sentidos, de significación, búsquedas de significados;
y luego transitan hacia la búsqueda de trascendencia, peleada con la
intrascendencia personal, el sinsentido fuera de supervivencia física, el vacío
de la existencia. A estas alturas, la poesía dramática ya es drama poético de un
conflicto visceral y hermoso que medra bajo la necesidad de encontrar una
esencia perdida, el sentido como salvación. Y creo que solo el espectador que conscientemente hace
este camino poético arriba a su propia anunciación.
Idea de la trascendencia
Quizá todo sea más sencillo. Estamos ante un espectáculo entretenido y complejo que nos empuja hacia una idea de la trascendencia que se esconde en el interior del hombre, y se manifiesta en lo profundo de la belleza. Allí, eternidad, salvación,
trascendencia, se comprenden por la Poesía.
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