HAMLET PARATEATRAL
Por HABEY HECHAVARRÍA PRADO
Al personaje dramático
más famoso de la cultura occidental, Hamlet, príncipe de Dinamarca, creado
por William Shakespeare a partir del Hamlet histórico, solo le faltaba un Anti-Hamlet.
La compañía peruana La Plaza se aproxima a ello a través de su puesta en escena
Hamlet, según pudimos ver hace varias semanas en el Carnival Studio
Theater del Arsht Center. Este espectáculo, que cerró la cartelera del 40mo.
Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami (FITH), dialoga animadamente
con esa inabarcable tradición teatral y cinematográfica, luego sostenida por la
extensa fascinación posmoderna, instaurando un modelo antitético y, por supuesto,
anti-dramático. Obras como La máquina Hamlet (1977), drama icónico de
Heiner Müller, y el celebrado filme Hamnet (2025), de Chloé Zhao dan
cuenta, cuatrocientos años después de la aparición del texto original en
escena, tras el giro duchampiano, se perdió la épica y la ética tradicionales que
animaron aquella tragedia del siglo XVII, y que la cultura contemporánea no
alcanza a comprender. En ese punto se nos aparece el Hamlet limeño, interpretado
por jóvenes actores con síndrome Down, cuya representación radical y crítica, muy
particular e hiper personal, emotiva y rebelde la emprende contra la
deshumanización de la época y algunas convenciones teatrales básicas, erigiendo
un Hamlet cuasi parateatral.
Con adaptación
libérrima y dirección escénica de Chela de Ferrari, la representación arrostra un
conjunto de desafíos artísticos que supera con buen pulso narrativo. Entre las
cuestiones de ritmo, los matices en la caracterización de los múltiples personajes,
los momentos cuando los caracteres shakesperianos cambiaban de intérprete (a
veces, solo poniéndose la misma frágil corona) y los rudimentos de una
composición espacial que se resistía a los balances y los patrones del
movimiento escénico, otros dos recursos fueron principales para la elaboración
del parateatro. La fábula múltiple junto al problema de la ficción y el
concepto de puesta en escena bastarían para resumir un acercamiento a las zonas
de mayor interés artístico.
La fábula presentó la
historia de un grupo teatral que, mediante la escenificación de escenas de la
obra de Shakespeare, cuenta sobre la vida de sus integrantes, sus
contradicciones, problemas ordinarios, conflictos con un entorno social decidido
a subestimar a las personas con síndrome Down considerándolas gente enferma o
disminuida, personas a quienes puede conculcárseles sus derechos, incluyendo el
fundamental derecho a la vida. La historia, a golpe de entusiasmo y buen humor,
presenta un enjambre de relatos personales sin límite entre realidad y ficción,
organizados en una dramaturgia textual con numerosos paralelismos de ficción, autoficción
y metaficción. Entonces, esta cuestión, lejos de ser un resultado del proceso
creativo, marcó una intención, una forma de construcción y uno de los objetivos
del discurso teatral. Cuestionar el estatuto de la ficción fue el primer
mecanismo parateatral, en tanto, al incorporar la obra original como un
material de trabajo y no como texto paradigmático de culto, donde no hubo
ilusión escénica prosperó la experiencia real (incluso física) de los actores ganando
instantes de encuentro directo con el público; y el discurso del performance tendió
a desplazar al discurso de la teatralización. La fábula y la ficción desafiaron
también al espectador en Hamlet.
Además, el concepto
escénico del montaje reforzó esa idea de lo performativo, aunque lo combinó apropiadamente
con la idea de lo espectacular. Por ejemplo, la tendencia happening discurrió
sobre una dramaturgia del encuentro que procuraba borrar los límites del actor
y disolver la condición del espectador, a ratos crear ambientes de manifestaciones
de protesta contra la discriminación y jerarquizar la presencia del intérprete por
encima de sus simulaciones, sobre todo, durante la escena de La Ratonera hecha con
espectadores voluntarios, la constante interpelación directa al público y el
cuadro final de aplausos y despedida cuando se invitó al público a compartir el
escenario mezclándose con los actores. Pero, a la inversa, este espectáculo nos
regaló quizá la imagen más hermosa de todo el 40mo. FITH en el pasaje donde la
actriz que en ese momento interpretaba a Ofelia fue investida por el descenso
de el atuendo blanco que la transformó en un ser iluminado mientras sugería la
muerte del personaje. Esa belleza teatral, no parateatral, y muchos otros
momentos, en especial los referidos a la ficción, constatan la obviedad de que
los intérpretes Octavio Bernaza, Lucas Demarchi, Manuel García, Diana Gutiérrez,
Cristina León Barandiarán, Ximena Rodríguez, Álvaro Toledo y Jaime Cruz eran actores.
Y, al revés, el resto mayoritario de la acción escénica recordaba que esos
mismos intérpretes eran performers, algo que Jaime Cruz, con
gracia autoficcional, confesó al declarar su verdadera identidad de “Jaimlet”.
Desde las primeras
escenas, marcadas por la tensión representación-performance (teatro-parateatro)
o por el tránsito de la ficción a la autoficción y la metaficción, el carácter personal
de la acción dramática tuvo una forma de diálogo con la tradición al proyectarse,
además de imágenes de ambientación, determinadas secuencias de películas referenciales
con los grandes actores Lawrence Olivier e Ian McKellen, intérpretes de Shakespeare
por antonomasia, a los cuales los jóvenes intérpretes se acercaban en modo de
comparación. De ahí que estas discusiones, confrontaciones y desinencias arrojaran
sobre el espectáculo peruano una sombra de ternura y nobleza, una grandeza en
humanidad y sacrificio en cuanto único heroísmo
aristocrático de nuestra época, aunque el costo sea generar un Hamlet que no es
Hamlet, pero jugando a ser el Anti-Hamlet termina siendo el Hamlet auténtico: un
príncipe que no busca ser rey, un joven que atravesado por la locura colectiva encuentra
la lucidez y su destino, un proto-antihéroe romántico cuya grandeza está en la
auto reafirmación como acto de desagravio y de transformación de conciencias. Pues
acaso este Anti-Hamlet o Hamlet parateatral viene a revelarnos toda la potencia
del gran personaje que, en lo íntimo de la fragilidad humana, atesora una increíble fortaleza.

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